Y la culpa no era mía, ni como andaba, ni como vestía Connie Tapia Monroy

Graciela caminaba sola por la costanera de regreso a casa. Era la ruta habitual después del colegio. Un auto blanco se acercó y le ofreció llevarla a casa. Ella no aceptó. El sujeto, detrás del manubrio le mostró unos billetes, moviéndolos como abanico, con sonrisa desencajada.

Ella apresuró el paso. El tiempo se detuvo un instante.

Los periodistas se abalanzaron a interrogar a los testigos.

—La niña le ofreció sexo a cambio de dinero —dijo uno.

—Es que esta chiquilla quiso robarle al hombre del taxi —enfatizó otro.

—No entiendo cómo andan solas y vestidas así —cuestionó el testigo tres.
A los días, el cuerpo de Graciela aparecía tendió en la orilla de la playa.

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